¿Por qué el gol de Riascos fue una obra de arte?

No fue por lindo, hubo algo más sutil que hace que den ganas de enmarcarlo…

Marcos Hurtado M.

No me voy a detener en el hecho de que la idea original de Weiner Riascos al aterrizar en Chile era cortar el pelo, porque lo cierto es que el colombiano ya jugaba fútbol de forma competitiva y llegó a nuestro país a probarse en la UC, donde quedó. Finalmente, el mérito fue de ese ídolo por algunos olvidado llamado Jhon Valladares, que lo convenció que en Las Condes las opciones de jugar en el primer equipo serían más que escasas, y que lo más seguro era que terminara en el torneo de juveniles o a préstamo en un club de donde el diablo perdió el poncho.

Tampoco quiero hablar de los socarrones hinchas cruzados – vi el partido bajo marquesina, y atrás mío había un tontito que, mientras iba perdiendo, celebraba cuando un jugador de San Luis compraba un enganche en terreno de la UC, o cuando el siempre comédico Chiqui Cordero hacía un taco que, de todas formas terminaba en algún amarillo – porque sabemos cómo son los aficionados de los equipos más poderosos económica y mediáticamente hablando. Los noticieros están hechos por y para ellos, así que obvio, hasta ya se les olvidó el nombre de quien los fue a bailar a su cancha.

Sí quiero hablar de por qué el segundo gol de San Luis, el primero de Riascos jugando por el Santo en Primera, luego de llevar solo algunos minutos haciéndolo, es una obra de arte.

No considero que lo que haya hecho el cafetero haya sido el mejor gol del mundo, ni menos del partido (ese honor se lo llevó el cabezazo paraguayo del ídem Mauro Caballero). Si hasta medio adelantado estaba Weiner al cazar esa pelota suelta, dar una media vuelta no del todo ágil y soltar esa especie de globito que se metió en las redes de Toselli.

Acá me voy a detener a hablar de arte, y mi concepción del mismo: hay un factor importante a la hora de diferenciar una pieza artística de una taza pintada de forma más o menos bonita.

El arte debe ser capaz de conmover almas, un buen cuadro, una buena pieza musical tienen el poder de hacer que quien se expone a ellas no sea la misma persona que era antes de conocer la obra. El arte, entonces, debe explicarse, la ejecución de una pieza artística nunca es porque sí. Por eso la antipoesía de Parra, que para muchos es desconcertante, es tan valiosa… porque el desconcierto es su efecto, y es lo que el poeta buscaba.

Theodor Adorno y Max Horkheimer son claros al respecto: “No basta que una nutrida multitud de secuaces lo haya honrado y amado. El arte debe aun probar su utilidad”.

Y lo de Weiner sí que fue útil, no tanto por ayudar a cerrar el resultado frente a un rival que, además de desesperado, no hubiese logrado un gol ni jugando tres horas más, sino que más bien, porque nos ayudó a cerrar heridas.

San Carlos de Apoquindo era un reducto nefasto para el hincha sanluisino. Personalmente, la mayor pena que he vivido en carne propia por culpa del fútbol (una de las grandes de mi vida, en ocasiones pienso que no me he recuperado del todo) fue ahí, los pacos me han tratado mal en ese lugar. He ido muchas veces a Calera, pero la única oportunidad en que me cayeron no uno, sino dos piedrazos, fue en el barrio alto de Santiago.

El gol de Riascos, esa pelota que entró como pidiendo permiso al arco cruzado, nos ayudó a conjurar la maldición de San Carlos de Apoquindo: habíamos llorado, se nos habían ido penales, nos habían robado partidos. Ahora por fin celebrábamos, confirmábamos que ganábamos. Habíamos vencido en el Monumental, cómo nos íbamos a quedar con la espina de esa cancha precordillerana clavada.

Como el buen arte, la cifra conseguida por el colombiano logró movernos, hizo que nos abrazáramos, consiguió que me tiritaran las piernas y me tuviera que sentar a procesar que por fin salíamos felices del reducto de la UC, me conmovió hasta casi las lágrimas, algo que ninguna ópera ni cuadro de Kandinski me ha logrado hacer.

 

 

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