Carta abierta a Pititore Cabrera

Querido, respetado y estimado don Víctor:

¿Le podemos decir Pititore?

Le escribo esta carta luego de ver que, con desenfado, nos mandó un inbox hace unos días exigiendo que le cambiáramos el nombre a nuestro medio, porque la que era tribuna Pinto en el estadio ahora lleva, con total justicia y como parte de un homenaje que se hace corto, el ilustre nombre de Víctor Cabrera.

Sabemos que su nombre real – Víctor Cabrera, el que está en su carnet – engalana a la tribuna más masiva y popular de nuestro estadio, pero para los hinchas del Canario usted siempre va a ser el Pititore, y siempre se lo vamos a decir con respeto y cariño.

Querido Piti, nos sentimos con la responsabilidad de responderle su mensaje. Reconocemos que usted tiene razón en algo: legítimamente esa parte del estadio cambió de nombre y ojalá se quede con él para siempre. De todas formas, si me permite, me gustaría conversarle de algo.

Cada vez que una persona le da su nombre a algo, ese nombre deja de ser suyo, de cierta forma. Así, antes de que la tribuna llevara el nombre del goleador Canario más querido de todos, hablábamos de Pinto y ni nos molestábamos en recabar más en su nombre. Aníbal Pinto fue presidente de Chile entre 1876 y 1881 y, entre otros, instauró la ley de instrucción Secundaria y Superior, pero eso no nos importó nunca, solamente era la tribuna Pinto.

A nuestro medio le pusimos Tribuna Pinto porque así se llamaba la tribuna en la época en que íbamos al estadio sólo como hinchas. Antes de ser un medio periodístico que ocupa los espacios de la prensa, éramos hinchas y pagábamos nuestra entrada, y nadie escuchaba nuestras opiniones más que los que ocupaban los asientos que rodeaban al nuestro. En esa época ni siquiera eran asientos, eran tablones de materiales que iban desde la madera al acero. Seguro que se acuerda.

Para serle sincero, si bien el estadio ha sido remodelado, mi corazón sigue amarrado con cadenas a ese Titanic perdiéndose en las profundidades que es el pasado. Personalmente el estadio que tengo en mi cabeza cuando pienso en San Luis es uno medio amateur y armado por partes, con una tribuna de cemento, una galería de madera y otra tribuna de acero, que tiembla entera con los goles y con pista de ceniza alrededor de la cancha, que dicho sea de paso, es de pasto natural. Mi infancia no está plagada de bellos recuerdos con mi padre, pero él es el responsable de haberme llevado un domingo frío de 1993 (¿o 94?) por primera vez a Pinto, al estadio. Jugábamos contra Municipal Las Condes, un club que no sé si aún exista, y empatamos a cero. Cero a cero, no hubo goles ni sobresaltos, el Canario era derechamente malo, pero el amor no sabe de razones, no se determina con calculadora.

El tiempo pasa, Piti, y las cosas cambian. Es el curso de la vida. Hoy el estadio no es lo que era, como mañana dejará de ser lo que es hoy. De eso le quiero hablar un poco más.

Por razones personales que no vienen al caso no me gusta el nombre que lleva actualmente nuestro estadio. De corazón le digo que me gustaría que algún día se llame Víctor Pititore Cabrera, porque usted representa a cabalidad el ñeque y la picardía del quillotano. Sería un homenaje hermoso.

Pero de todas formas uno no tiene una bola de cristal para saber qué va pasar. En una de esas en unos años más un terremoto nos bota el estadio, quizá encontramos petróleo en el círculo central y, por consiguiente, los gringos nos bombardean. Ahí tendríamos que parar una cancha con galerías y tribunas en otra parte. A lo que voy es que el estadio, como ocurre con todo, algún día ya no estará más, nosotros ya no estaremos y usted puede que corra la misma suerte. Todos estamos condenados a desaparecer, es el sino trágico con el que salimos desde el cuerpo de nuestras madres todos los seres que nos llamamos humanos.

Las personas pasan y los nombres cambian, pero ¿sabe qué queda? El recuerdo de los ídolos. Algún día lejano – ojalá muy, muy lejano – nada de esto existirá, pero los quillotanos seguirán hablando de las grandes hazañas del Pititore Cabrera con la misma mezcla de cariño y orgullo que lo hacen hoy. En eso consiste ser ídolo, en alcanzar una especie de inmortalidad en la memoria colectiva. Pregúntele al Chincolito Mayo.

El Pititore vivirá para siempre en nosotros. Espero que esa idea le dé algo de consuelo, más de lo que podría alegrarle que un pequeño medio independiente como nosotros cambie su nombre, cosa que por el momento no haremos. Primero porque no queremos que insulten el nombre suyo cuando lo hagan con nosotros, y segundo porque sale caro.

Un abrazo, ídolo. Por favor escríbanos cuando quiera.

Y gracias por todo, de verdad.

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